Foto extraída de TwitterEs fácil hablar por estos días. Así lo hacen todos los personajes influyentes como presidentes de países y organismos internacionales. Todos tienen el mismo discurso y llaman a la paz y a una solución sin sangre. Claro, es hermoso ese discurso cuando uno ve los problemas desde afuera y por TV. Todos opinan, dan soluciones, se ofrecen de mediadores pero nadie parece entender que ese país está agarrado de las mechas porque colapsó. Cuando un Presidente lo elige la derecha o el sector más pudiente y después sale con intenciones de seguir la línea Chavista es algo bastante payaso por decir lo menos. Los mismos que lo eligieron tienen el poder para sacarlo si no les gustó su cometido ya que la cúspide de una torre no puede ir contra sus cimientos, a lo más se cae la punta pero no el edificio entero.
Es lindo hablar de democracia e institucionalidad, esa que enseñan en el colegio y en las universidades. El papel es bondadoso en aceptar cualquier malabareo de la tinta, pero cuando el texto se traspasa a la realidad en la práctica es más fácil acudir a la nunca bien ponderada fuerza que a los mecanismos institucionales destinados a impugnar actuaciones que van más allá de los límites que el "pueblo" le ha confiado.
En este momento están todos peleados y se gritonean mediante la prensa sus tercas ideas de solución. Es muy difícil que lleguen a una solucion pacífica, lo que es lamentable, pero esto es lo que pasa cuando al mono le pasan la navaja representada como el poder. Son dos fuerzas de un poderío aún no dimensionado que no darán pie atrás, unos defendiendo su manoseada y resquebrajada institucionalidad y los otros su dinero e inversiones que creen está amenazado si Zelaya vuelve al poder.
Ojalá siempre la democracia e institucionalidad imperen, pero al ser estas inventos de la imperfección del hombre no queda otra que aceptar que cada cierto tiempo el margen de error se hace presente con estas manifestaciones poco agradables para la comunidad internacional.
Es lindo hablar de democracia e institucionalidad, esa que enseñan en el colegio y en las universidades. El papel es bondadoso en aceptar cualquier malabareo de la tinta, pero cuando el texto se traspasa a la realidad en la práctica es más fácil acudir a la nunca bien ponderada fuerza que a los mecanismos institucionales destinados a impugnar actuaciones que van más allá de los límites que el "pueblo" le ha confiado.
En este momento están todos peleados y se gritonean mediante la prensa sus tercas ideas de solución. Es muy difícil que lleguen a una solucion pacífica, lo que es lamentable, pero esto es lo que pasa cuando al mono le pasan la navaja representada como el poder. Son dos fuerzas de un poderío aún no dimensionado que no darán pie atrás, unos defendiendo su manoseada y resquebrajada institucionalidad y los otros su dinero e inversiones que creen está amenazado si Zelaya vuelve al poder.
Ojalá siempre la democracia e institucionalidad imperen, pero al ser estas inventos de la imperfección del hombre no queda otra que aceptar que cada cierto tiempo el margen de error se hace presente con estas manifestaciones poco agradables para la comunidad internacional.






